viernes, 31 de julio de 2009
La espera.
Aún era temprano, la Luna celosa apenas se hacía notar. Ël la esperaba con ansias joviales ya no era un niño, no, pero seguían sus ojos claros denotando esa emoción propia de un inocente. La cena recién preparada inundaba la casona con aromas agradables a mezclas frescas, orgullo de aquel chef descolorido y sin esperanzas. Cómo un ser tan desdichado puede seguir creando algo tan sabroso mientras la espera lo atañe más que ninguna otra cosa. Observa por la ventana, la calle vacía, ese lugar que tanto recorrieron juntos en aquellas tardes otoñales donde el amor vibraba como recién entrada la primavera. Veía a los fantasmas sonrientes que lo ignoraban desde esa calle, felices en su travesía olvidada. Las horas pasan frente al pobre diablo como rocas pesadas que se amontonan en la playa con el paso de los años, el aire empieza a enfriarse y no hay aroma en la noche que llene la casona vacía de sueños. Entonces reacciona en medio de sus cavilaciones y recuerda que ella no está, ni estará nunca más. Ya que el frío invernal a birlado su vida un día inesperado dejando al pobre desgraciado en la soledad sin fin. Agotado se sienta en la mesa, transpira y llora, su pecho se agita en un vaivén, desea la muerte más que nada para poder contemplar una vez más la hermosa sonrisa de su mujer. Finalmente la muerte lo toma por la espalda, con un frío desconocido lo abraza, mientras su corazón late cual fugitivo en búsqueda de una salida negada… abre los ojos enajenado y despierta…en su cama junto a ella, su amada, siempre estuvo ahí pero nunca pudo verla ahora simplemente sabe que la ama.
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